domingo, 23 de abril de 2017

Las prohibiciones que la Ilustración impuso a la Semana Santa de Sevilla


LAS PROHIBICIONES QUE LA ILUSTRACIÓN
IMPUSO A LA SEMANA SANTA DE SEVILLA

JULIO MAYO

ABC de Sevilla, Domingo de Ramos, 9 de abril de 2017, págs. 54 y 55.

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Qué sería de nuestra Semana Santa sin penitentes, sin música y sólo en horas de sol?  Hace dos siglos y medio, el ideal de la Ilustración quiso depurar y reformar las reglas de las cofradías sevillanas y se prodigó en decretos a tal fin. Más que llegar a una purificación de la vida cristiana, los ilustrados persiguieron acabar con otras cuestiones que hoy no se tienen muy claras. Eso sí, con el tiempo se ha demostrado que muchas de las correcciones que el Despotismo Ilustrado quiso aplicar fueron enmiendas sobre cuestiones de orden público más que de índole religiosa. Aquellas prohibiciones, tan contrarias a las tradiciones de esta tierra, fracasaron en el caso concreto de las procesiones de Semana Santa. Hoy continúan organizándose, pero en los archivos consta memoria de aquellos convulsos años. 

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Por ejemplo, el Gran Poder se llevó seis años sin salir por Semana Santa, en la última década del siglo XVIII, a causa de la severa represión aplicada por las autoridades civiles y religiosas del momento, nada transigentes con los abusos y desórdenes que se registraban en materia de cofradías, a juicio del ideal ilustrado. En la Semana Santa de 1791 pretendió salir la Carretería a las seis de la mañana del Viernes Santo, después de veintiocho años sin hacerlo, y, en consecuencia, se ordenó retrasar media hora la del Gran Poder. Esta solución no fue del agrado de los cofrades, por lo que, como no hubo acuerdo, el Teniente de Asistente don José de Avalos, principal autoridad civil de Sevilla, mandó cerrar su capilla de la parroquia de San Lorenzo a la hora de la salida y comunicó a los oficiales de la junta de gobierno que se retirasen a sus casas. 

Los desfiles procesionales de ambas cofradías quedaron suspendidos varios años de modo que el Consejo de Castilla llegó a considerar que habían llegado a extinguirse. Pero en la Semana Santa de 1797 consiguieron llegar a una concordia, adquiriendo el compromiso de que, en años sucesivos, saliese una delante de la otra. Por ello, aquel Viernes Santo salieron las dos a la misma hora y se unieron, como si fueran una sola, en la Punta del Diamante. Los nazarenos entraron mezclados en la Catedral. Pasó primero el paso del Gran Poder, luego el de las Tres Necesidades y, finalmente, la dolorosa del Traspaso.

La hermandad del Silencio obtuvo la aprobación de sus reglas en 1783, cuyo articulado contempla que los nazarenos pudiesen cumplir su estación con el rostro cubierto, en un determinado número de ellos y exclusivamente dentro de la procesión del Viernes Santo. Solo un mes más tarde, el rey Carlos III mandó iniciar la elaboración del Expediente general de Hermandades, entre cuyas reformas se preceptúa que los nazarenos no acompañen los pasos con la cara tapada. Por esta razón, cuando la del Gran Poder incorporó nazarenos a su cortejo en 1782, protestó la primitiva cofradía de Jesús Nazareno como gran acreedora del privilegio. 

Nazarenos apresados

0054Precisamente, el Jueves Santo de aquel mismo año fueron apresados cuatro nazarenos de la Estrella que iban desfilando con el rostro descubierto, cuando la cofradía discurría por la calle Castilla. Fueron maniatados por el alguacil eclesiástico y varios auxiliares suyos, con el claro propósito de llevárselos presos a la cárcel del palacio arzobispal. Aquel proceder tan escandaloso encendió los ánimos de los concurrentes y terminó originando un gran tumulto. Numerosos vecinos de Triana decidieron amotinarse. De inmediato, salieron corriendo detrás de los presos, clamando su libertad. 

A la altura del Arenal, les dieron alcance a los nazarenos apresados e individuos que lo llevaban prendidos, quienes estuvieron a punto de hacer uso de las armas. Entonces, el gentío pudo arrebatar los presos a los miembros de la justicia eclesiástica en las gradas de la Catedral y los nazarenos quedaron en libertad. Toda la gente regresó a Triana, los nazarenos perseguidos se incorporaron a la procesión y continuó la estación penitencial como si tal cosa. Luego, eso sí, la justicia civil apercibió a los empleados que pretendieron encarcelar a los nazarenos.

Con anterioridad a la real resolución sobre extinción y reforma de las cofradías, que no entró en vigor hasta 1786, había decretado ya el Consejo de Castilla una real orden, en 1777, por la que se prohibía la salida de las cofradías de noche, el uso de trompetas e instrumentos musicales en los desfiles, así como la participación de disciplinantes, empalados, espadados, con grillos o cadenas, y otros géneros de penitencia y mortificación pública. Se trata de una de las normativas que mayores correcciones introdujo en la celebración de nuestra Semana Santa. 

Aquí en Sevilla, la publicó el 23 de marzo de 1777 don Juan Antonio de Santa María, primer Teniente de Asistente. Y menudo revuelo se levantó. Aunque en el texto no se hace referencia expresa al traje de nazareno, compuesto por la túnica y el capirote, luego en la práctica no sucedió así. Hubo cofradías a las que las autoridades no les consintieron que sus nazarenos fueran en la procesión con el rostro cubierto. De hecho, el Gran Poder decidió no contar con ellos en su comitiva durante varios años. Pero, sin embargo, se hicieron distinciones. Cofradías como la del Silencio sí pudo contar con nazarenos que llevasen la cara oculta bajo el capirote.


Protección de las autoridades sevillanas. Arzobispado y ayuntamiento fueron unas voces ciertamente cómplices que ayudaron a ocultar los muchos desmanes que infringían las cofradías. Cuando fueron reclamados los informes desde Madrid, en 1769, sintomáticamente se ausentaron tanto el cardenal, Solís, como el Asistente, Pablo de Olavide. El eclesiástico lo firmó el provisor Aguilar y Cueto, quien no llegó a resaltar ninguna irregularidad importante, mientras que el municipal lo articuló el teniente de Asistente, don Juan Gutiérrez Piñeres, sin que tampoco llegase a recoger nada perjudicial. Constituyeron dos grandes desencadenantes, que incidieron muy negativamente en la puesta en marcha de toda esta reforma legislativa, los graves sucesos de Marchena, en 1765, donde al paso de la cofradía del Dulce Nombre de Jesús por una de las plazas, se levantó un gran altercado, en el que fallecieron dos cofrades. Así como el caso de Consolación de Utrera, en cuya populosa procesión y romería se registraban grandes desórdenes en la forma de llevar las andas de la Virgen y otros ruidos de variada índole. En ambos pueblos sevillanos se aplicó la ley, con máxima dureza, y llegó a prohibirse la Semana Santa algunos años.

A cara descubierta
Muchos cofrades que no estuvieron de acuerdo con la nueva modalidad impuesta, prefirieron hacer estación como hermanos de luz, vestidos de traje oscuro. La restricción duró poco tiempo, pues de inmediato empezaron a emplearse las túnicas con capirotes, ocultándose la cara, en las hermandades que así lo desearon. De todos modos, una solución que agradó a los cofrades, fue la de optar por levantarse el antifaz al pasar delante del tribunal que controlaba los horarios y al entrar en la Catedral. 

En los últimos compases del siglo XVIII, todavía mantenía vigencia la autoaplicación de azotes. Muchas de las cofradías sevillanas llevaban penitentes azotándose con un manojo de rodezuelos. Flagelarse en público era una muestra obsoleta de penitencia religiosa, según las voces más críticas. Un documento del Archivo del Arzobispado, suscrito por el académico de Buenas Letras y gran ilustrado don Tomas de Gusseme en 1770 describe así los efectos negativos de la mortificación: «…Regularmente son estas personas viciosas y que ejecutaban esta penitencia bárbara. Los ocupa una vanidad rústica de tenerse por hombres de valor los que lo hacen con mayor vanidad y fuerza es común entre ellos el vicio de la embriagadez y toman asunto de falta de sangre para entregarse a ella con mayor ejercicio. Solamente no edifican ni dan buen ejemplo sino que escandalizan positivamente, ponen asquerosos los templos y las calles, y atemorizan a los niños».

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Todos estos edictos promulgados en 1777 tuvieron que cumplirlos las cofradías que aspirasen a estar erigidas legalmente y hubiesen conseguido la real aprobación de sus estatutos por el Consejo de Castilla. En 1786, la Sagrada Lanzada suprimió a los hermanos flagelantes, nazarenos y a los demandantes que pedían limosnas. Hay ordenanzas, como las de Montserrat, que recogen la anulación como cofradía de sangre, renegando a su pasado y propia idiosincrasia, acorde a la legislación que se había promulgado contra los flagelantes. La reseña es al tenor siguiente: «…desde ahora en adelante, y para siempre jamás, no pueda llamar ni dar ni llame ni de a esta Hermandad la denominación de Cofradía de Sangre o azote que ha tenido».

La Sagrada Lanzada suprimió también de su cortejo procesional las trompetas dolorosas que lo abrían, en consonancia con la circular del cardenal, difundida en 1783, mediante la que les pedía a los vicarios que vigilasen las procesiones, «procurando que se guardase silencio y devoción». La de la Cena también dejó recalcado en sus reglas la suspensión de la disciplina pública.

Al remitir la del Santo Entierro sus reglas a Madrid, en 1795, desde la Audiencia sevillana se le recomendó que se suprimiesen del cortejo a los ángeles, sibilas, armados y demás particularidades inherentes a la recreación del Santo Entierro. La autoridad civil consideraba aquello como «representaciones impropias, ridículas y ajenas de un acto tan serio, que solo servían para distraer la atención de los fieles en unos días santos, dando margen a alborotos y asonadas». Todos estos elementos paralitúrgicos fueron desterrados igualmente por la del Cristo de la Exaltación y Nuestra Señora de las Lágrimas al recibir la conformidad de sus reglas.

Pero una de las reformas más problemáticas consistió en quitar las procesiones que se celebraban por la noche, con el fin de que se recogiesen antes de ponerse el sol. Ello supuso que las de la madrugada tuvieran que salir al amanecer del Viernes Santo, a partir del año 1777. Pero también tuvieron que modificar sus horarios, e incluso hasta el día de salida, las que lo hacían por la tarde y alargaban su recorrido hasta altas horas. Algunos años, la de Vera Cruz salió a las dos o tres de la tarde. No obstante, conforme fue cesando el rigor de las prohibiciones, esta de Vera Cruz pudo comenzar a salir al anochecer del Jueves Santo porque no perjudicaba a ninguna otra y su iglesia estaba muy cerca de la Catedral.

Carrera oficial

Fue en aquellos años finales del siglo XVIII, cuando se hizo necesario constituir un tribunal que controlase los horarios de las cofradías, surgiendo así la idea de ubicar a los tenientes del señor Asistente, junto a los secretarios, alguaciles y miembros de la fuerza armada, agrupados en un mismo espacio. Las hermandades tenían la obligación de estar en este punto a la hora que se les señalaba, bajo multa y prohibición de no continuar la estación en caso de incumplimiento. Al salir de sus templos, las cofradías llevaban la manguilla particular de cada una hasta este juzgado. 

La manguilla permanecía en el tribunal hasta la llegada de la procesión, para integrarse en la procesión al paso de la hermandad. En otro zaguán distinto, frente a la cárcel real, se ponían los señores de la Audiencia, a cuyo tribunal se le denominaba con el nombre de la Saleta. Allí se colocaban los alcaldes del crimen y comprobaban si las cofradías cumplían con las reales órdenes referentes a sus salidas.

Reglas en Madrid
La mayor reforma que afrontaron nuestras hermandades fue la de tener que elaborar unas reglas nuevas. Por el decreto de extinción de 25 de junio de 1783 estaban obligadas a desaparecer las cofradías gremiales, de las que en nuestra ciudad había una buena representación. Así volvió a decretarlo también el propio Carlos III el 25 de julio de 1785. Fue entonces cuando se concretó que solo subsistirían aquellas cofradías que, además de la aprobación eclesiástica del arzobispado, recibiesen conjuntamente el beneplácito del Consejo de Castilla. Las hermandades de Ánimas Benditas y las sacramentales se mantendrían, aunque estaban obligadas igualmente a formar nuevos estatutos. Desde entonces, las hermandades quedaron sujetas a la jurisdicción civil ordinaria. Sírvanos el ejemplo de la Macarena, cuya hermandad tuvo que fusionarse con la del Rosario para poder recibir la aprobación de su reglamento el 31 de enero de 1793.

En el Archivo Histórico Nacional de Madrid se conservan casi todos los expedientes de aprobaciones de los estatutos y ordenanzas que tramitó cada cofradía sevillana ante el real órgano para sobrevivir. En muchos de los casos, figuran hasta las reglas fundacionales de los siglos XVI y XVII, después de que hubieran sido enviadas para demostrar la antigüedad que atesoraban. Hubo pueblos, como el de Utrera, en el que la Audiencia de Sevilla, a través de su Ayuntamiento, confiscó las reglas de todas las hermandades existentes. Uno de los grandes tesoros de nuestro patrimonio documental hispalense está depositado en la capital de España sin que hasta ahora se haya promovido reclamación suficiente para traer de vuelta estas auténticas cartas de naturaleza de una de nuestras principales señas de identidad colectivas.



JULIO MAYO, HISTORIADOR



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martes, 18 de abril de 2017

VIII Encuentro Provincial del Aula de la Experiencia - Cazalla de la Sierra, viernes, 28 de abril de 2017

VIII Encuentro Provincial del Aula de la Experiencia - Cazalla de la Sierra, viernes, 28 de abril de 2017

Plazo de inscripción: Hasta el 21 de abril de 2017

Inscripción gratuita

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Cazalla de la Sierra, a la que tengo la satisfacción de presentar como sede anfitriona del VIII Encuentro Provincial del Aula de la Experiencia, se ha hecho merecedora de acoger este importante evento tanto por su Historia, su arquitectura, su entorno medio ambiental y paisajístico, y su decidida vocación de emprendimiento cultural y desarrollo empresarial en la comarca. Forma parte del Programa Provincial desde el 2002-03, y en todos esos años ha desarrollado un denso programa académico en el que queda reflejado esas facetas de su identidad, y ha integrado al Aula de la Experiencia en la vida cultural y social del municipio.

Jesús Domínguez Platas - Director del Aula de la Experiencia Universidad de Sevilla

Los orígenes de Cazalla de la Sierra, localidad emplazada en las estribaciones de Sierra Morena e integrada en el que hoy ha sido declarado Parque Natural de la Sierra Norte de Sevilla, se remontan a la Prehistoria. Recientemente ha quedado acreditada su presencia en el periodo romano, como lo evidencia la Carta Arqueológica de Cazalla, así como su presencia visigoda, confirmada con dos lápidas sepulcrales de las que dio noticia Rodrigo Caro en el siglo XVII. Pero mayor fue el protagonismo alcanzado durante la dominación islámica, etapa a la que se atribuye el topónimo de la localidad, tradicionalmente interpretado como “ciudad fuerte”. Tras la incorporación a la corona castellana en virtud de su conquista por Fernando III en torno a 1247, Cazalla se convierte en villa de realengo sujeta a la jurisdicción del Concejo de Sevilla. De la etapa bajomedieval procede el actual escudo municipal, definido por dos garzas superpuestas en actitud de picar una a la otra. Los siglos de la Edad Moderna van a suponer una etapa de sostenido crecimiento en los ámbitos demográfico, económico y social, en virtud del decisivo papel jugado por la explotación vitivinícola, cual favorece el crecimiento de la población y ejerce un efecto de llamada para el establecimiento de diferentes órdenes religiosas que convierten a Cazalla en un típico ejemplo de agrovilla conventual. En el siglo XVIII Cazalla fue escenario de un episodio tan destacado como la visita regia de Felipe V, que en el verano de 1730 instaló su residencia de verano y la de su Corte, por lo que la entonces villa quedó convertida de hecho en la capital del Reino de España. El siglo XIX, adquiere renombre a nivel nacional e incluso internacional gracias al desarrollo de la industria de anisados y aguardientes, alcanzando la justa fama que identifica el nombre de esta ciudad serrana con esta bebida. Tantos siglos de historia han dejado una brillante huella monumental, en la que conviven interesantes muestras de arquitectura religiosa, civil, industrial y rústica. En definitiva, paisaje, historia y arte, convierten a Cazalla en uno de los enclaves más sugerentes de la provincia de Sevilla.

Salvador Hernández González Historiador del Arte e Investigador US

PROGRAMACIÓN:
  • 10,30 a 11,00 h. Recepción - Pabellón José Damián de Tena Sanz.
  • 11.00 a 11.30 h. Inauguración: Sra. Vicerrectora de Ordenación Académica de la Universidad de Sevilla, Sr. Alcalde del Excmo. Ayuntamiento de Cazalla de la Sierra, representante de la Junta de Andalucía, representante de la Excma. Diputación Provincial de Sevilla y Director del Aula de la Experiencia de la Universidad de Sevilla.
  • 11:30-12:30 h. Conferencia "Cazalla y la visita de Felipe V: Una Villa convertida en Corte” impartida por D. Salvador Hernández González, Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Sevilla y profesor del Aula de la Experiencia.
  • 12:30-14:30 h. Visita guiada al entorno y patrimonio cultural de Cazalla de la Sierra.
  • 14:30-16:30 h. Almuerzo
  • 16:30 a 17:30 h. Concierto a cargo de la Orquesta de Clarinetes de Cazalla de la Sierra.
  • 18:00 h. Clausura y regreso a las Sedes.


viernes, 10 de marzo de 2017

J. Mayo Rodríguez: "¿Por qué está el rey Fernando III en el escudo de Sevilla"


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Porque es su creador y fundador. Fernando III protagonizó la gestación de una ciudad de nueva creación, que no guardaba ninguna relación con las antiguas Hispalis ni Isbilia, aunque en ella perviviesen comunidades humanas y elementos de variada naturaleza relacionados con civilizaciones anteriores. Se trata, por tanto, de una fundación nueva con un entramado urbano, un sistema político, una organización social e institucional completamente distinta de las del pasado, lógicamente sin vínculo estrechado ninguno con lo anteriormente establecido.
Pero Fernando III no sólo representa la fundación, sino que encarna a la mismísima Corona, de cuyo proyecto estatal Sevilla fue desde aquellos orígenes uno de los pilares fundamentales. La presencia del rey Fernando III en el escudo municipal se debe, estrictamente, a razones relacionadas con el acontecimiento histórico.
El responsable intelectual del diseño heráldico del escudo hispalense no se dejó llevar por sentimientos ni ideologías. Se limitó a recoger, e inmortalizar, de modo esquemático los símbolos que mejor podían ayudarnos a entender el acontecimiento histórico más importante de la ciudad: su fundación. Recurrió a introducir un personaje que, con su acción política, acabaría luego determinando toda la evolución histórica posterior de la ciudad, y que durante muchos siglos gozó una popularidad legendaria, a quien, además, el pueblo atribuía la heroicidad de la gesta. En la mentalidad medieval, la prosperidad de un pueblo dependía de su rey, en quien poseía depositadas todas sus esperanzas. El blasón municipal de Sevilla muestra a su fundador, que también fue rey de Castilla y León. Los habitantes de la nueva ciudad vieron en el rey un símbolo de la unidad y cohesión territorial del nuevo Estado.
Las alegorías alusivas a la Iglesia que aparecen en el escudo hacen referencia a una institución básica que participó, de modo activo, en la construcción política y cultural de la ciudad, mucho más allá de su cometido desde el punto de vista de la propagación de la fe. Que si hubiesen sido sus protagonistas los luteranos o islámicos, lógicamente se hubiese tenido que representar en él. La cuestión no es que fueran unos u otros, sino los que fueron. Los escudos no son más que una representación simbólica lo más elocuente posible de la historia de la ciudad. Sin entrar a enjuiciarla.
El escudo está llamado a ser el primero de los documentos administrativos que mejor expliquen cuál fue la organización de nuestras sociedades en el pasado. El sevillano recoge agentes que participaron directamente en la gestación de la metrópolis. Exhibe unos símbolos que son rápidamente descifrables, sin que sea necesario estudiar historia en la universidad para identificar a los protagonistas. En síntesis, se trata de un documento gráfico válido tanto por su contenido como por su fácil comprensión, con independencia de la condición sociocultural de quien lo observe.
Una cuestión diferente es que la evolución posterior permita al diseñador heráldico poder añadir algunos símbolos más. Pero en ningún caso reemplazarlos ni sustituirlos. Eso iría en contra de la Historia, como disciplina. Pasado el tiempo, el historiador puede plantear la posibilidad de incluir un nuevo elemento, pero no erradicarlos, porque ello constituiría renunciar a los orígenes de nuestra historia, nos guste más o menos. Esto no es cuestión de opiniones, ni de sentimientos. No podemos pretender que Sevilla tenga un escudo con una simbología que no aluda a su historia. Que renuncie a su dilatado pasado. Debido a la gran tradición histórica de España y Europa, nuestro sistema heráldico se ha decantado más por el uso de la representación de agentes humanos que participasen en los primeros momentos de la construcción. Totalmente distinto, al empleo de alegorías de entornos naturales, como las usadas en los casos del nacimiento de las jóvenes repúblicas hispanoamericanas.
Heráldica e historia caminan juntas. Si no se modifican las normas heráldicas, es muy poco entendible que el escudo de un ente político, o administrativo, deba de estar actualizándose continuamente según el momento presente. Es que en lugar de llamarme Alberto, me gustaría llamarme Antonio. Actualmente se puede cambiar. Pero lo que no podemos hacer es alterar nuestra identidad porque de ese modo tergiversaremos la auténtica personalidad de la ciudad. Destronar a Fernando III del escudo municipal es despojar al blasón del verdadero origen de Sevilla
Julio Mayo, Historiador



J. Mayo: Falsa Casa-Museo de Murillo (ABC de Sevilla, 6 de marzo de 2017)

FALSA CASA-MUSEO DE MURILLO

JULIO MAYO - ABC de Sevilla, lunes 6 de marzo de 2017, pp. 84-85.

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Las fechas conmemorativas son muy oportunas para difundir nuestra historia, pero no deben emplearse para contaminar el pasado de confusiones ni leyendas dañinas. Y lo decimos, porque no es cierto que el pintor sevillano Bartolomé Esteban Murillo viviese los últimos años de su vida, donde el Instituto Andaluz del Flamenco ha establecido su sede. Así reza una placa de acero inoxidable fijada a la pared del zaguán de la casona de color almagra claro, que se halla ubicada en el barrio de Santa Cruz, frente al convento de las Teresas, en cuya fachada predica un óvalo metálico que es la Casa Museo de Murillo. En caso de que lo hubiese sido, que no lo fue, debió serlo un único año. No todos los últimos de su vida.

En el Padrón de las personas que han de cumplir con el precepto de la confesión y comunión en esta Parroquia de Santa Cruz del año 1682, figura afincado en la casa número 3 de la calle entonces denominada de la Puerta pequeña. Junto a él se encontraban avecindados, su hijo Gaspar, en aquel momento clérigo menor aunque luego llegó a ser canónigo, una tal Ana María y un tal José Cano, probablemente personal del propio servicio doméstico. De los cinco hijos y cuatro hijas que había tenido, sobrevivieron pocos. 

Con él, nada más, se encontraba don Gaspar, pues una de sus hijas había ingresado como monja en el convento sevillano de Madre de Dios. Murillo tenía 65 años y era viudo desde hacía más de veinte. Y aunque se desconoce la causa por la que alcanzó el privilegio de alojarse en esta morada, adyacente a la iglesia filial de la catedral, demolida y trasladada a la calle Mateos Gago en el transcurso del siglo XIX, es muy posible que este paradero reuniera las mejores condiciones para su retiro, después de la gran caída que sufrió pintando un lienzo para la iglesia de los Capuchinos de Cádiz, un año antes, en 1681.  No se sabe si el accidente se perpetró aquí en su estudio, o allí en la bahía. Lo cierto es que, tras el golpe, optó por regresar a la collación de uno de los principales centros de su vida mística y espiritual.

La relación estrecha del clan familiar de los Murillos con la institución eclesiástica –pues su primo hermano Bartolomé Pérez Ortiz llegó a ser canónigo y algunos otros tíos suyos fueron frailes dominicos, como fray Bartolomé Murillo–, y los notabilísimos trabajos que el maestro realizó para la catedral, pudieron haber influenciado en las facilidades que los dirigentes clericales le brindaron para instalarse en el barrio preferido para residir por los curas y prebendados de la catedral. 

Sus calles estrechas, abrigadas por la muralla que va hacia el Alcázar, deparaban un recogimiento mucho más propicio que el inquietante bullicio de otros lugares transitados de aquella populosa Sevilla. Así lo demuestra el hecho de que, en el entorno de sus callejas, se instalase el hospital destinado a acoger a los sacerdotes ya ancianos y venerables. No perdamos de vista que el máximo responsable del cuidado y mantenimiento de los cuatro templos que auxiliaban a la catedral (San Roque, San Bartolomé, Santa María la Blanca y Santa Cruz) fue, entre 1655 y 1682, el canónigo Justino de Neve, amigo personal suyo y promotor de importantes proyectos artísticos.

Murillo y su familia, que habían mantenido una gran relación con Santa Cruz, como feligreses entre 1659 y 1662, vivieron luego casi dos décadas en la calle San Jerónimo, de la parroquia de San Bartolomé. Estando empadronado allí, pintó los cuatro lienzos del hospicio de los Venerables en 1678.

Su funeral se ofició, el 4 de abril de 1682, en la iglesia de Santa Cruz. Según la anotación de su partida de defunción, se enterró en uno de los cañones de bóveda propios de la fábrica, sin más ostentación. Cuentan las crónicas que el sepelio constituyó todo un acontecimiento popular y que portaron su féretro dos marqueses y cuatro caballeros de órdenes militares.


Partida de defunción de Bartolomé Esteban Murillo. 
Libro de defunción núm. 2 (1679-1750) del archivo parroquial de Santa Cruz de Sevilla


Confusiones sobre el domicilio

Fue el cronista sevillano Félix González de León quien engendró el equívoco, en 1839, al publicar que Murillo vivió los últimos años de su vida y murió en una casa de la calle Santa Teresa, que se encontraba justamente enfrente del convento de las monjas carmelitas, en el libro Noticia del origen de los nombres de las calles de Sevilla. Apoya su tesis en unos apuntes de su propio abuelo, que decían así«El día 3 de abril de 1682 murió en la casa que está enfrente de las monjas Teresas el famoso pintor don Bartolomé Esteban Murillo. 


Este pintor fue íntimo amigo de mi abuelo –tatarabuelo del historiador–, por lo que le pintó y regaló el retrato de mi abuela que está en el comedor». De este modo, González de León, rebatió la propuesta planteada por el viajero romántico Richard Ford unos años antes, en 1831. Este escritor inglés, señalaba como vivienda una de la casa de los Alfaros, en la plaza del mismo nombre, que hacía esquina con la actual del Agua. Difundió hasta un dibujo de ella. 


A partir de entonces, el deán López Cepero, Amador de los Ríos y Gómez Aceves, insistieron en catalogar el palacete de los Alfaro como el lugar donde había fallecido Murillo. Sin embargo, a mediados del siglo XIX, los académicos de Bellas Artes y otros intelectuales románticos, como Tubino y Reinoso, concluyen que la casa está en la plaza de Alfaro, pero en la acera que colinda con la plaza de Santa Cruz. Esta propuesta la difundió también el pintor argentino José Miguel Torre Revello, quien copió el texto de una lápida de mármol que se instaló en el número dos de la plaza de Alfaro. Aunque parecía un hogar demasiado humilde y algo reducido, Santiago Montoto consideró, ya en el siglo XX, como buena la nueva designación del espacio en el que pudiera haberle llegado el óbito.



Pero hace escasas décadas, el profesor Diego Angulo Íñiguez recobró aquella sugerencia iniciática de González de León, que señalaba la casa frontera al convento de las Teresas como emplazamiento de su expiración. El eminente historiador del arte, expresa, en el primer tomo de su estudio sobre Murillo, que ambas teorías son conciliables porque pudo haber fallecido en esta casa aunque no hubiese vivido en ella. La publicación de este voluminoso trabajo, en 1981, a solo un año de la celebración del III Centenario de la defunción de Murillo (1682-1982), colmó de argumentos a la Junta de Andalucía para centralizar en este inmueble, de la calle Santa Teresa, buena parte de las actividades de la efeméride, después de haberlo adquirido en 1972.

Nuevas revelaciones documentales

Antes de que la iglesia de Santa Cruz fuese derribada en las primeras décadas del siglo XIX, su puerta principal se abría hacia la calle Santa Teresa. A partir de ella se articulaba un cuerpo de naves, extendido desde el acerado del consulado de Francia hasta el de las murallas que buscan el Alcázar, aunque sin llegar del todo a aquel extremo. En la parte más oriental de la plaza, hacia el borde de la glorieta ajardinada donde está la cruz de forja, se alineaban la torre y una cupulita que cubría el ábside y el presbiterio, según muestra el plano de la ciudad mandado hacer por Pablo de Olavide en 1771. En este mismo documento cartográfico, se comprueba que el templo estaba rodeado por un carril con salidas hacia la calle Mezquita y plaza de Alfaro, respectivamente. Pero además, desvela que por el lateral de la iglesia discurría una callecita estrecha que comunicaba la calle de Santa Teresa con la plaza de Alfaro. La misma que los padrones llaman de la Puerta pequeña o Puerta chica, en razón del portoncillo que se abría hacia ella desde la iglesia.
Con el objeto de esclarecer qué calle fue aquella de la Puerta chica en la que habitó Murillo, hemos cotejado minuciosamente numerosos libros padrones del archivo parroquial de Santa Cruz. La consulta sistemática de estos censos, de manera secuenciada, nos permite reconstruir la evolución del nomenclátor de la calle y su parcelación inmobiliaria. En los siglos XVII y XVIII mantuvo prácticamente el mismo nombre. De Puerta pequeña, pasó a referenciarse como Puerta chica.

Es en el año 1800 cuando aparece asentado un nuevo nombre para la vía: calle de Santa Cruz. Curiosamente el mismo que posee, signado ya, en un padrón militar del Archivo municipal, fechado en 1714. Desde las últimas décadas del siglo XVII, eran tres casas las que integraban la referida calle de la Puerta chica. La primera de ellas estaba dentro de la propia iglesia y las demás en el corto tramo de la calleja. Los padrones de inicios del siglo XIX, cuando la iglesia ocupaba aún gran parte de la plaza y no había sido demolida, registran todavía anotados los mismos tres inmuebles que enuncia el padrón de 1682, cuando falleció Murillo, con la particularidad de que los sitúa, lógicamente, en la calle de Santa Cruz, pero separándolos claramente de los descritos en la «Plazuela de Alfaro» y «Callejón de Alfaro». Se comprueba así que el artista, antes de fallecer, no ocupó ningún inmueble de la calle de Santa Teresa ni de la plaza de los Alfaros.

Murillo vivió dentro del mismo inmueble que ocuparían años después otros sacerdotes emblemáticos de Santa Cruz. Francisco de Paula Baquero, Cartaya del Barco y hasta el propio Félix José Reinoso, se domiciliaron en esta misma casa que pertenecía a la propiedad del cabildo catedralicio, tal como testimonian diversos documentos del Archivo de la catedral y el propio Padrón de fincas urbanas de 1795, localizado en el Archivo Histórico Nacional de Madrid. 

Este documento urbanístico nos ha servido de igual modo para acreditar que la casa ocupada por Murillo, en 1682, tuvo que hallarse enclavada en la manzana de casas del tablado flamenco de Los Gallos, formada entre las plazas de Santa Cruz y Alfaro. Su casa estaba muy cerca de la que muestra ahora, en su fachada, las letras de bronce puestas por la Academia de Bellas Artes el año 1858, en recuerdo de su enterramiento en la iglesia destruida de Santa Cruz.




Registro del padrón del inmueble núm. 3 de la calle Puerta pequeña


Al final, pasará como en Madrid. La Administración reunió a tropecientos arqueólogos para que sondeasen el paradero de los huesos de Cervantes en la iglesia del convento de las Trinitarias Descalzas, mientras que la búsqueda de la exhumación en legajos se la encomendó solo a un historiador. Pero con una limitación. 

Que lo hiciera en dos días. Antes de que el Ayuntamiento sevillano hubiese designado el edificio de la calle de Santa Teresa como centro oficial para acoger los actos del IV centenario del nacimiento de Murillo (1617-2017) –van y eligen donde dicen que falleció–; lo lógico es que, con anterioridad, hubiese promovido un trabajo serio de investigación documental que ratificase, o descartase, si ciertamente el genio llegó a vivir tantos años en este palacio de la Junta de Andalucía. Este tratamiento no lo merece uno de los máximos exponentes de la pintura barroca del Siglo de Oro español, que tuvo la habilidad de colmar, a un mismo tiempo, las apetencias de las élites y el pueblo llano, al que conquistó profundamente, quien por excelencia y aclamación popular es el Pintor de Sevilla.


(*) JULIO MAYO. HISTORIADOR

martes, 28 de febrero de 2017

Conferencia. José Gámez Martín: "El paso de palio, sinfonía sevillana para Virgen".

Conferencia de José Gámez Martín:

"El paso de palio, sinfonía sevillana para Virgen".
Jueves 9 de marzo de 2017.
18 horas.

Real Círculo de Labradores de Sevilla 
(calle Pedro Caravaca 1, Sevilla).
Organiza: Curso de Temas Sevillanos.

sábado, 18 de febrero de 2017

Fuero 250 (1767-2017). Congreso Internacional 250 Aniversario de la Fundación de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía.

Fuero 250 (1767-2017). 

Congreso Internacional 250 Aniversario de la Fundación de las Nuevas Poblaciones 
de Sierra Morena y Andalucía.


Fase 1. Del 19 al 22 de octubre de 2017.
Fase 2. Del 9 al 11 de marzo de 2018.

Acceso al programa:


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miércoles, 8 de febrero de 2017

Julio Mayo.- Una década del histórico V Centenario de Consolación

Una década del histórico V Centenario de Consolación

Julio Mayo


Este 25 de enero se han cumplido ya diez años de la visita oficial que realizó a Utrera el hoy rey de España, entonces Príncipe de Asturias, don Felipe de Borbón, para recibir el nombramiento honorífico que le concedió el Ayuntamiento con motivo de la celebración del V Centenario de la llegada de la Virgen de Consolación a nuestro pueblo, en 1507. 
Utrera festejó la efeméride del origen cultual de su patrona con un programa amplio de actos religiosos, gracias a la declaración del primer Año Santo Jubilar en su santuario, así como la disposición simultánea, también, de un sinfín de actividades sociales y culturales promovidas por el propio Ayuntamiento.
Una década del histórico V Centenario de ConsolaciónLa corporación municipal designó como encargado de coordinar los eventos celebrativos al utrerano Salvador de Quinta Garrobo, director de la prestigiosa revista Vía Marciala. Un escritor que, sin llegar nunca a ser político, destacó por desarrollar una abundante labor cultural. Fue un auténtico dinamizador sociocultural y demostró, con creces, atesorar unas cualidades realmente extraordinarias como agente cultural y saber desenvolverse como un inspiradísimo intérprete del pasado local.
En el caso de Consolación lo tenía muy claro. Para él, la Virgen era la misma historia del pueblo. Así lo dijo en su Pregón de las Glorias de 2013. Una de las acciones que promovió el bueno de Salvador fue encomendarnos a los historiadores Salvador Hernández y al autor de estas líneas un trabajo de investigación por archivos sevillanos y nacionales que profundizase en la disección de todo el complejo fenómeno devocional que representó, en siglos pasados. 
Fruto de esta iniciativa llegó luego, en 2008, nuestro libro «Una nao de oro para Consolación de Utrera», en el que documentamos la identidad del indiano que regaló el barquito a la Virgen y destapábamos la enorme vinculación de la conquista y evangelización de América, y la Carrera de Indias, con Utrera. No perdamos de vista que la celebración de acontecimientos conmemorativos es siempre un buen motivo para poder difundir la historia.
Hoy, una década después, aquel quinto centenario continúa siendo el evento cultural y religioso más importante que se ha celebrado en todos estos años, pero de largo. Los actos calaron y resultaron del agrado de todos los estamentos y colectivos de la localidad. Era palpable el grado de satisfacción en el enorme clamor y respaldo popular que recibieron la práctica totalidad de sus actividades, testimoniado así por la presencia masiva del pueblo en la calle. Día a día, se disfrutó jubilosamente de una auténtica fiesta que se extendió a lo largo de un año. Utrera se sentía orgullosa de sus tradiciones, de su amplio patrimonio artístico y de su dilatada y amplia historia.
Y como toda celebración, llegó su final y tuvo que clausurarse. No obstante, lo que jamás habíamos llegado a imaginar es que el Ayuntamiento iba a terminar despreciando todas las consecuciones que llegó a cosechar aquella ingeniosa oficina del V Centenario, abierta en la Casa de la Cultura en el transcurso de los fastos conmemorativos. Que iba a inutilizarse toda la infraestructura logística reunida, a desprenderse de la impresionante agenda de contactos que poseía, a desarticular la amplia red de contactos entretejida con tantas oficinas episcopales y del sector cultural y turístico de casi todas las provincias españolas, que dejaría de mirarse en el espejo del gran proyecto cultural y turístico diseñado por su sabio comisario (que Utrera viene reclamando, y necesita ya, desde hace varios años). No se le supo dar continuidad.
Pero lo realmente preocupante es que la Administración local haya venido relativizando el referente de Consolación, hasta conseguir destronarlo como eje principal de los proyectos culturales y turísticos de la localidad. No sabe apoyarse en el esplendor de aquella Utrera del Siglo de Oro, que contó con uno de los fenómenos de piedad popular que mayor incidencia han proyectado en la formación de la cultura de Andalucía. 
No quiere nutrirse de la pluralidad cosmopolita que caracterizó a un vecindario de razas y nacionalidades diversas, ni admite la indiscutible vocación americanista de aquella gran agrovilla que fue Utrera en el camino terrestre alternativo al río Guadalquivir que comunicaba la gran Sevilla con los puertos gaditanos. Ahora que han pasado muy pocos años de tu pregón, querido Salvador de Quinta, la historia de la Virgen ya no parece ser la del pueblo. Están empeñados, y mira que son pesados, en anteponer unos reclamos y productos de laboratorio que, curiosamente, llegaron a Utrera gracias a tu Virgen de Consolación.